La vida no es fácil, pero debe ser por lo avatares que aún así nos abrazamos a ella, bueno convengamos que si no hubiera momentos feos no podríamos apreciar los buenos.
Mis vida comienza, para mi, en la panza de mami, a partir de los tres meses de gestación, esto es lo que relata mamá.
Cuenta que después de tener unos fuertes dolores en el bajo vientre (esas son sus palabras) es trasladada al hospital Muñiz, donde tía Angela, hermana mayor de mami, ( Choca, para lo íntimos) era jefa de enfermeras, y previos estudios, es intervenida quirurgicamente de apendisítis, yo estaba en su panza, es decir que ella tenía tres meses de embarazo, cuando despertó de la intervención estaba aterrorizada pensando que me había perdido, es lógico, pero yo seguía firme, ahí, aferrada a ella, ni loca la iba a dejar, se tranquilizó cuando yo, sabiendo de su inquietud, comencé a hacerme sentir para que estuviera tranquila, pero como la felicidad no puede ser completa, recibe la noticia que su mamá, o sea mi abuela, había dejado de existir, a causa de un ataque cardíaco. Creo que no pudo superar el no poder despedir a su madre, de hecho siempre recordaba esa secuencia de su vida con mucho dolor.
Es ahí cuando la figura de mi abuelo Santiago, su papá, toma relevancia, se hace fuerte, se consolida, y todos aquellos momentos de la niñez, en que el viejo, como ella le decía, había estado ausente, pasa a ser anecdótico.
Mamá, papá y mi hermana viven en Capital hasta que un buen día unos de mis tíos, hermano de mami, compra unos terrenos en Cañuelas a muy buen precio y convence a papá para que adquiera uno , para allá se dirige la familia y yo veo la luz en ese pueblo que ni siquiera reconozco como mio porque estuve tres años nada más, pero allí estos dos colosos, me refiero a mis abuelos, dejaron sus marcas, y supe de ellos a través del afecto de mis viejos.
Imaginate, Santiago, mi abuelo materno, nacido en pleno campo y encerrado en un departamento en Bs.As. y Vicente, mi abuelo paterno, nacido en Italia en una isla, rodeado de agua y aire puro y también encerrado en el cemento de la city, cuando llegaba el finde se tomaban el tren y aparecían en Cañuelas, que en esa época, hace casi cincuenta años, era bastante despoblado, casi campo.
Los dos eran personajes de ficción, Santiago se destacaba por su elegancia, era alto, delgado, de tez trigueña, ojos verdes, pulcro, hermoso, pero muy serio, y aunque lo negara, de todos sus nietos, Pablo era el preferido, pero yo lo amaba, parecía tan seguro, impenetrable, bello.
Vicente, era el abuelo, ese que te mimaba, el que te complacía, aquel que te sobreprotegía, el que consentía, el que perdonaba antes que hicieras macanas, muy bajito, y con una pierna más corta que la otra a causa de un accidente y una mala praxis, pelado, con cara de mimo, siempre esbozando una sonrisa, siempre atento, sabiendo de antemano lo que pasaba.
Los fines de semana en Cañuelas no tenían desperdicios, eran una fiesta, estos grandes de la familia se encargaban de poner alegría a nuestras vidas.
Tengo muchas anécdotas de estos colosos que valen la pena, jugosas, sin desperdicios, pero las dejo para otra entrada. hoy cierro con el recuerdo de los nonos , que le dieron luz a mi vida, que no padecieron ninguna enfermedad, los dos murieron de viejos, porque tenían una vida tan plena y tan intensa que no tuvieron tiempo de enfermarse, longevos, Santiago tenía más de ochenta y cinco años y Vicente creo que llegó a cumplir noventa y siete, cuando dejaron este espacio vacío, físicamente , pero lleno de buenos momentos.
Vicente solía decir que Santiago era el dueño de la tierra, porque solo él sabía escucharla, claro, Santiago era hombre de campo, toda su vida estuvo ligado a la tierra, sembrando y cosechando, era cierto lo que decía Vicente, nadie como Santiago para saber las necesidades del suelo, me siento orgullosa de haber sido nieta de ellos, me sentí muy querida por este par de viejos hermosos y es bueno y necesario el recuerdo.
Prometo anécdotas de ellos.
sábado, 24 de noviembre de 2007
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